Por Yunier Sarmientos Semanat
Fotos: Jorge Luis Sánchez Rivera
Un retazo del pasado rueda todavía por las calles de La Habana. Nadie sabe cómo, o sí, saben que, con el ingenio de no pocos, los autos, ahora clásicos, vuelven a subir 23, a darle la vuelta a Prado, a estacionarse frente al Martí de la Plaza. Desandan libres una ciudad que, a ratos, se resiste a cambiar.
No se sospecha cuánto esfuerzo hay detrás de estas moles de acero, en el detalle de las piezas, los remiendos, el color exacto y parejo para llamar la atención de los de aquí y los de allá, llegados de medio mundo, atraídos por postales casi idílicas, repetidas como copia y calco en más de una red social o folleto turístico.




Habrá siempre quien distinga entre marcas y apueste por Ford, Cadillac, Chevrolet o Dodge. Habrá también algún Lada o Moskvich pretencioso que plante cara y asuma el reto de ganarse la preferencia para las fotos o para contar desde la resistencia probada de sus neumáticos el devenir de calles y avenidas del país.
En La Habana agitada o estática, da igual, magos celosos reviven una parte de la historia. Hacen regresar en el tiempo, rodar a otras épocas. Sobre cuatro gomas van sueños, desvelos, terquedades. Al timón va la felicidad de los recién casados o la enajenación de quien llegó para despejar.
Un retazo del pasado transita por las arterias de la capital. Nadie sabe cómo, todos saben por qué.
Tomado de Alma Mater